Cuando hablé de mi primer cuento "En sus manos" mencionaba que algo me había hecho retomar la idea de escribir. Lo que sucedió fue que Juan Miguel Aguilera, recopilador de la antología Visiones 2000, publicada anualmente por la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror, pidió relatos en una lista de correo que yo frecuento. Y fue leer su correo y escribir de un tirón una historia. Se la envié y le gustó, porque según él no era muy común leer cuentos de CF dura escritos por mujeres. Me hizo unas pequeñas observaciones, corregí el documento y se lo reenvié. Eso fue en 1999. En el 2000 salió publicada la antología con mi cuento: http://www.aefcft.com/publi/visiones.htm
Este año se me ocurrió mostrar el texto en otra lista de correo, y Georges Bormand me lo pidió para ser traducido al francés y publicado en el fanzine Présences d'Esprits (que significa, si mi francés no es muy malo, presencia de ánimo). Mi cuento comparte con el relato "Humanidad" de Jorge de Abreu el honor de ser un ejemplo de la ciencia ficción venezolana. Así que salió en el # 44 de julio del 2005: http://www.anneau-monde.com/zine/dernier/
Tengo mi ejemplar de Visiones 2000, y estoy esperando aún que me llegue el de Présences d'Esprits. Como este cuento no ha salido publicado sino en papel y no está disponible en la web, me he tomado la libertad de ponerlo a continuación para su lectura, en español, por supuesto. El relato incluye viajes en el tiempo, nanotecnología y la curación de cáncer. Considerando que el cuento fue escrito hace cinco años, y que soy fiel a no reescribir, verán que se ha quedado un poquitín obsoleto. Sin embargo, espero la anuencia del público, y me gustaría mucho leer sus comentarios.
A continuación, el cuento. Ojalá les guste.
Susana Sussmann
1999
Julio se sentía completamente desesperanzado. Otro de sus pacientes, Ángela Alvens, la madre de su gran amigo Jorge, acababa de morir. Y es que el cáncer era una enfermedad que aún en el siglo XXI seguía ganándole a la humanidad. A pesar de haber desarrollado una nueva “cura”, ésta no le sirvió para nada, porque era imprescindible aplicarla en los primeros estadios de la enfermedad para que resultase efectiva. Diagnosticar a tiempo es algo que aún estaba fuera del alcance de los médicos.
El joven oncólogo pertenecía ahora al selecto grupo de los galardonados con los varios premios de medicina existentes en el planeta, debido a la aplicación práctica de la nanotecnología para la curación del cáncer. Él logró desarrollar, junto con un equipo de ingenieros biomédicos, un revolucionario método de programación para las nanomáquinas auto-reproductoras que habían sido desarrolladas en las últimas décadas. Su aporte principal fue lograr que las máquinas distinguiesen entre las células sanas y las enfermas. Muy pocas personas entendían del todo cómo lo había logrado, pero el hecho es que el sistema funcionaba. Fue probado y comprobado por cantidad de científicos en todo el mundo.
Pero el procedimiento tenía una gran limitación. Las células cancerosas se reproducían muchísimo más rápido de lo que podían hacerlo las máquinas. Por ello, el enfermo sólo se curaba si el tumor era muy pequeño. A pesar de haber sido un gran paso en la lucha contra el cáncer, aún no era útil para salvar vidas.
Los premios y reconocimientos que estaba recibiendo Julio de momento no ayudaban a nadie, ni lo harían mientras fuera imposible aplicar la nueva técnica sobre un enfermo y conseguir resultados positivos. A Julio le daba la impresión de que todo su trabajo no iba a tener sentido mientras no se pudiera salvar a alguien. Así fuera a una sola persona. Entonces su vida hubiese tenido un objetivo real y positivo. Algo habría que hacer. Pero, ¿qué? Aunque tal vez su amigo, el que trabajaba con ese grupo de físicos, pudiera ayudarlo. Si es que tenían razón en sus extrañas teorías... Tal vez ... Se aferraba a esa esperanza, pues un plan absurdo comenzaba a abrirse paso en su mente.
Mientras las ideas revoloteaban por su mente, Julio terminó de extender el certificado de defunción. Agosto 12 de 2032, 16 horas 23 minutos. “En dos días cumplo veintiocho años...” pensó ociosamente para escapar del caos mental en que estaba cayendo. Tendría que llamar a alguna amiga, porque dudaba que Jorge y su familia estuvieran de ánimos para celebrar nada.
Esa mañana, Julio sentía como si el mundo se hubiera desplazado de su posición habitual. Estaba como perdido, como si el suelo se moviera. Recordó la historia aquella que escuchó de niño, de un extraño ser llamado “cronopio” que al llegar a su casa, se encontró en la casa del vecino, porque habían movido el mundo; y sabía que cuando se viera en el espejo no vería su cara, sino la de su vecino... Nunca supo quién había inventado esas historias sobre “cronopios” y “famas”, que nunca olvidaría. Pues hoy le parecía que era ese “cronopio”, y que no estaba en su consultorio, sino en el de otro.
Cuando reparó en el hombre que lo esperaba sentado, se desvaneció esa extraña sensación. Sin embargo, un sentimiento de déjà vù tomó su lugar. Tuvo la impresión de conocer a esta persona, pero no supo de dónde. ¡Qué diablos! Todo esto seguramente era consecuencia de la borrachera de la noche anterior. Es que no todos los días cumples cuarenta años, y menos sin haber logrado tener hijos. Temía que nunca iba a poder ser padre, y eso contribuyó aún más a su depresión.
--¿Le conozco? –preguntó al hombre.
--Aún no, pero yo sí le conozco a usted, y a muchos de sus pacientes. Especialmente a los que van a morir en los próximos cuarenta años.
--¿Pero de qué está hablando usted? ¿Cómo puede decir semejante cosa?
--Olvídelo, por favor. ¿Le parece bien que almorcemos juntos hoy? Tengo una propuesta que hacerle...
Ese mediodía Julio se entrevistó con su misterioso visitante. En cualquier otra circunstancia, habría pensado que ese joven estaba loco, pero la sensación de conocerlo de algún sitio se intensificaba cada vez más y contribuyó a que su demencial propuesta sonara menos peligrosa.
Aseguraba conocer las historias clínicas de todos sus pacientes, presentes y futuros. Decía poder predecir cuándo y dónde desarrollarían el cáncer que los acabaría matando. Más increíble aún resultaba el hecho que el hombre, que se negaba a identificarse, afirmaba tener en sus manos un método para evitar muchas de esas muertes. La técnica que presentaba tenía bases científicas sólidas, pero lucía muy por delante de su tiempo. Julio decidió investigar por su cuenta sobre el tema más tarde. En todo caso, mientras tanto le concedería el beneficio de la duda a su interlocutor hasta haber comprobado la veracidad de la información que le estaba siendo suministrada. Si de verdad funcionaba, iba a ser un avance grandioso para la medicina.
Querido Diario:
El cumpleaños de mi abuelita fue muy lindo. Vinieron mis tíos y comimos pastel. El regalo que le hizo mi tío Jorge a mi abuelita fue de lo más extraño que hubiera visto. Un cuadro en el que se leía en grandes letras FAMILIA ALVENS, y más abajo Historia familiar y árbol genealógico. Mamá dice que eso significa algo así como que la historia de nuestra familia está escrita allí, desde hace muchisisisisimos años. Papá dijo que en su vida había visto algo tan... ¿arcaico?. Mamá me explicó que eso quiere decir viejo. Pero a mi abuelita le gustó mucho. Se emocionó bastante cuando leyó su propio nombre, Ángela, en el cuadro. También están los nombres de mis tíos, mis papás y el mío. Bueno, eso dice la abuelita, porque no me dejaron acercarme mucho al cuadro. Eso me parece injusto, aunque...
--¿Nanomáquinas? ¿Pretende convencerme de que usted es capaz de usar nanomáquinas para destruir las células cancerosas in situ? De acuerdo que no soy un experto en el tema, pero tenía entendido que esa tecnología aún no está lo suficientemente avanzada...
--Nunca subestime el avance de la ciencia. Si quiere, puedo enseñarle mis trabajos sobre el particular, y le garantizo que le demostraré que sí puede funcionar. No sólo eso, haremos todas las pruebas necesarias para que usted se convenza.
Hacía meses que Julio tuvo esa primera conversación con el extraño hombre y, aunque trabajaron mucho juntos y lo había convencido de que su técnica realmente era efectiva, nunca llegó a decirle quién era y de dónde había venido. Esperaba invitarlo a recibir el año 2000 en su casa, con su esposa, y tal vez podrían conversar de algo más personal que el cáncer y las nanomáquinas.
El tratamiento que estaban desarrollando juntos (eso era una gran mentira, porque ya era totalmente funcional antes de que Julio lo conociera) era maravilloso. Máquinas del tamaño de una célula que eran introducidas en la sangre del paciente, viajaban por el flujo sanguíneo hasta que encontraban células cancerosas y las destruían. También se les podía programar para que se ubicaran en cualquier zona del cuerpo que el médico decidiera, aunque no estuviera enferma. Una vez activos por la presencia de un carcinoma, los pequeños artefactos empezaban a reproducirse, usando como material de construcción el anhídrido carbónico que las células sanas desechan en la sangre. Inmediatamente comienza una reproducción controlada, mientras las nuevas nanomáquinas dan inicio a la destrucción de la enfermedad. Y una vez no quedaba trabajo para las maquinitas, éstas se desmontaban unas a otras y luego eran expulsadas por los órganos excretores del cuerpo. Un trabajo limpio. Aún no lograba entender cómo era posible enseñar a una máquina a reconocer una célula cancerosa de otra sana, pero el hecho era que lo hacían a la perfección. El único problema era que sólo funcionaba en los primeros estadios de la enfermedad, cuando la zona enferma era muy pequeña. Tratar de usar las nanomáquinas en grandes tumores no servía de nada, pues el cáncer se reproduce mucho más rápido de lo que unas pocas máquinas puede destruirlo. Además, éstas no logran reproducirse al ritmo desenfrenado de las células cancerosas. Sin embargo, su autor decía a menudo: “Al menos podremos salvar unas cuantas vidas, y eso ya es ganancia”.
Su plan consistía en inocularle a esas personas unos pocos millones de nanomáquinas previamente programadas para viajar por su torrente sanguíneo y enquistarse en los lugares apropiados, hasta que detectasen la aparición del cáncer y empezaran a trabajar. Es aquí donde Julio frenaba su entusiasmo, pues comenzaban a aparecer algunos matices peligrosos. Pero hasta ahora había aprendido mucho de su colega. Ya encontraría modo de evitar esta locura. Salvo en lo tocante a la “vacunación”, parecía un hombre bueno y equilibrado, y se estaba ganando el aprecio de Julio, así como una gran admiración. Loco o no, lo invitaría a casa.
--¿Sería realmente posible? ¿No estás alucinando?
--Que no, hombre, que no... Te garantizo que el viaje en el tiempo es posible si dispones de suficiente energía como para cambiar la geometría del espacio-tiempo. Y ya tenemos un prototipo en el laboratorio. Solo que las pruebas que hemos hecho nos han presentado a las famosas paradojas en persona.
--¿De qué paradojas estás hablando?
--Tú sabes... Que si viajas al pasado y te encuentras contigo mismo, y cosas así. Con los objetos sin vida no hay mayor problema, no me preguntes por qué, pero con los animales y las plantas hemos tenido dificultades. Nunca hemos podido enviar a uno de ellos a un pasado en el que ya hubiera nacido. El propio aparato impide el encuentro de un ser consigo mismo.
--Entonces nunca voy a poder viajar al pasado a curar a mis pacientes cuando su cáncer esté comenzando.
--Tal vez no, pero ¿no has pensado en inocular a tus pacientes cuando aún lo eran de tu padre, y antes de que tú nacieras? Por lo que me has explicado, entiendo que puedes “vacunarlos” mucho tiempo antes de que aparezca el cáncer, siempre que sepas dónde va a ocurrir. Y tú tienes todas las historias médicas de los pacientes que fueron de tu padre...
--Creo que es lo mejor que puedo hacer, y tal vez contribuya a tranquilizar mi conciencia si lo hago. El problema va a ser convencer a mi padre de que me crea, sin decirle quién soy. ¿Cuándo crees que me puedas lanzar?
--Pues... deberíamos esperar a que el resto del grupo vaya a ese congreso del próximo mes. Quedándome solo en el laboratorio puedo lanzarte sin que nadie se entere. Y al final el gasto de energía se justificará como otra serie de pruebas más. Honestamente, Julio, me parece una pérdida de tiempo, además de que te estás arriesgando mucho.
--¿Qué importa el riesgo, si se pueden salvar algunas vidas? La existencia de Jorge sería radicalmente diferente si su madre nunca hubiera enfermado de cáncer. Y su sobrinita... me partió el alma verla llorar por su abuela. Además, yo no tengo a nadie que me espere.
--De acuerdo, Julio, ya te dije que lo haríamos. Pero debes jurarme que estarás en el mismo sitio exactamente un año después. Así puedo devolverte a nuestro presente.--Es un trato. Creo que si en un año no puedo lograrlo, no podré hacerlo en más tiempo. Por cierto, ¿quieres que te traiga algún recuerdo de los noventa?
Mientras Julio cargaba a Julio Segundo en sus brazos, no podía dejar de pensar en su ex-socio, quien había desaparecido casi dos años antes, luego de inocular a decenas de personas que supuestamente contraerían el cáncer en el futuro cercano, y de dejarle una larga lista de algunas otras que debían ser vacunadas también. Trabajaron muchas horas juntos y llegaron a compenetrarse mucho el uno con el otro, pero nunca, nunca, había logrado saber quién era. Y sus últimas palabras antes de irse definitivamente de su vida lo habían marcado: “... y no te martirices más, Julio, que sí tendrás un hijo. Nunca dejes de intentarlo, POR FAVOR...”





Me ha encantado, muchas gracias Su ^_^
Muy lindo cuento. Unos tópicos frecuentes pero muy bien usados y entremezclados fabulosamente bién. Me gusto mucho.
Jorge.
Gracias, Jorge. Aunque si lo hubiera escrito hoy sería totalmente diferente.