Susana Sussmann
Aquellos que me conocen saben que una de las cosas que más me gusta es comer, cosa muy mala para un metabolismo como el mío, que apenas me acerco a oler un pollo en brasa y ya subí dos kilos. (Lo bueno es que no todos los pecados engordan y a veces encuentro cosas más divertidas que la comida, pero eso... es otra historia.)

De todas las cosas que me gustan, hay una que no he encontrado en restaurante alguno, y es la fondue. Es cierto que no conozco más que una pequeña fracción de los restaurantes que hay en la ciudad. Y también es cierto que conozco un restaurante en El Placer (La Cacerola) que lo hace, pero tan solo el tradicional de carne y pollo, uno de queso que no es la gran cosa y me parece recordar que el sencillo de chocolate, pero no es algo que recomendaría, ni por su calidad ni por su precio.

Así que la mejor solución para poder pecar a conciencia (pues ya que voy a subir de peso, mejor que haya valido la pena) es hacer la fondue en casa. No lo hacemos con frecuencia. No suelo tener mucho tiempo libre para hacer cosas en la cocina que requieran tiempo, además de que limpiar la fonduera es trabajosito. Lo bueno es que Carlos me ayuda, y se ocupa de la limpieza. (Quede claro que el Cal de mi Autorretrato no se parece ni por asomo a mi Carlos, ¿eh?)

Tengo ganas de iniciar una nueva serie de notas sobre cualquier cosa culinaria que se me ocurra, y comienzo con esta fondue que nos regalamos un día que cumplíamos meses de casados.

En la primera foto pueden ver el ingrediente primordial de cualquier fondue de chocolate que se precie, y es el mejor chocolate del mundo, el venezolano. En particular, yo no uso otro que no sea Savoy. No sé si los habrá mejores, pero yo nunca podré olvidar que crecí robando barritas de chocolate Savoy de la cocina de mi mamá.

El primer paso es derretir el chocolate, y yo lo hago directamente en la fonduera con su propia llama. Nunca he tenido problemas con eso. Nunca se me ha quemado y se derrite bastante rápido. Remuevo, eso sí, todo el tiempo y con una cuchara de madera.

Cuando el chocolate está derretido, se añade la crema de leche. A mí me gusta usar crema espesa, y ahora que la hay semidescremada es mejor. Sigo mezclando con la cuchara de madera, sin interrumpir ni para ir al baño. Mi consejo para una fondue es preparar todo para no interrumpir por nada del mundo: tener todo a mano, troceado, las latas abiertas, los ingredientes que haya que medir ya preparados, ropa cómoda, un lugar para sentarse y haber ido al baño justo antes de empezar, jejeje.

Una vez que se ha mezclado bien la crema de leche con el chocolate, añadimos lo que hace de esta receta algo diferente: café instantáneo y licor de café. Se mezcla (con la consabida cuchara de madera) hasta que el café se haya diluido en la mezcla y tenemos lista una fondue de moca.

Llega entonces el mejor momento del día: limpiar la cuchara. Claro está que si la lavamos así de llena de chocolate, la esponja va a quedar lista para la basura. Por eso es mejor ayudarse con algo. Los más puristas a lo mejor se conforman con una servilleta. Yo, que todavía soy como una niña, uso la lengua, y por eso es la mejor parte de todo el proceso. ^_^

Queda decidir con qué vamos a acompañar esto, aunque por supuesto esto se define desde el principio y se prepara antes que la fondue, pero lo quise dejar para el final porque me dio nota hacerlo así.

En esta ocasión nosotros elegimos servir ruedas de pan canilla (y es que me encanta el pan mojado en chocolate), galletas de avena, fresas y torta de jojoto que la mamá de Carlos nos había hecho ese mismo día (todavía estaba tibia).

No puedo decir qué fue lo mejor de todo, pero sí que la torta de jojoto cubierta de chocolate con café es algo espectacular y un descubrimiento sorpresivo. Se las recomiendo.

Si alguien se anima a hacerla en casa, que me cuente si le gustó tanto como a nosotros.
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