jueves, 29 de septiembre de 2011

Reto de los 30 libros, día 27

Un libro que te regalaron y no te gustó


"Vivo entre dos mundos. La mitad del tiempo me gusta hacer las labores domésticas, me importa mucho mi aspecto, me interesan mucho los hombres y coqueteo maravillosamente (quiero decir que realmente les admiro, aunque me moriría antes de tomar la iniciativa; eso es cosa de hombres), nunca defiendo mi opinión en las conversaciones, y me gusta cocinar. Me gusta hacer cosas por los demás, sobre todo por los hombres. Duermo bien, me despierto a la hora en punto y no sueño. Solamente tengo un defecto: Soy frígida. En mi otra encarnación vivo tal cúmulo de conflictos que te parecería imposible que sobreviva, pero sí sobrevivo; me despierto enfurecida, me acuesto paralizada por el desánimo, me enfrento con lo que sé perfectamente que es condescendencia y desprecio abstracto, me peleo, grito, me enojo con personas que ni siquiera conozco, vivo como si fuera la única mujer del mundo que está intentando conseguirlo todo, trabajo como una loca, lleno todo mi apartamento de notas, artículos, manuscritos y libros, me cabreo, no me importa, me pongo estridentemente pendenciera, a veces río y lloro en el espacio de cinco minutos de pura frustración. Tardo dos horas en dormirme y una en despertarme. Sueño ante mi mesa de despacho. Sueño en todos sitios. Voy muy mal vestida. Pero ¡oh, cómo gozo la comida! Y ¡oh, cómo jodo!"
--Joanna Russ, en "El hombre hembra"

Una vez leí una reseña cortísima de un libro. Decía, palabras más, palabras menos, que se trataba de un manifiesto feminista que nos mostraba diferentes versiones de una mujer, la cual luchaba por abrirse paso en los distintos mundos en los que se encontraba. Con una descripción tan ambigua, yo me figuraba una historia de mundos paralelos en la que una chica se deslizaba de uno a otro conociendo a sus distintos alter egos. Y me imaginaba también que la autora se centraría en los mundos machistas, que imaginaba llevados al extremo. Pero por encima de todo esto, me imaginaba una aventura emocionante.

Quería leerlo, pero no lo conseguía por ninguna parte. Iba corriendo a las librerías donde me decían que quedaba un ejemplar viejo, pero éste siempre me esquivaba. Lo busqué por Internet, en formato legal e ilegal, gratis y pagando. Pero nada. El libro no se quería dejar leer.

Hablando de eso, alguien me dijo que allá en Buenos Aires habían montones de viejos ejemplares. Supliqué que alguien me lo regalara. Y alguien lo hizo. Con una advertencia: es maaaaaaaaalo. Y otras personas me decían lo mismo, que era malo. Bueno, pues tenían razón, me pareció malo, o al menos terriblemente aburrido. Sin embargo, tú, mi ángel benefactor, debes saber que si no me hubieras hecho ese regalo aún estaría obsesionada con ese libro. Por curarme, te lo agradezco.

Hablando de la novela no diré mucho. Que es un manifiesto feminista, puede ser. Que hay una chica viajando entre mundos paralelos, así es. Que se encuentra consigo misma en varios mundos, bueno, si no me lo hubieran dicho antes de leer la novela a lo mejor no me hubiera parecido claro eso. Pero no me pareció emocionante. Ni me enseñó nada. Salvo que la autora tiene la cabeza llena de prejuicios sexistas (a lo mejor con razón, puede ser). Que lo más extremo que pudo imaginar fue una guerra entre hombres y mujeres, en la que los hombres usan esclavas para satisfacer sus necesidades físicas y de reproducción, y las mujeres son lesbianas y no necesitan hombres para nada. Cliché. Pero la versión más cercana a nosotros, la mujer femenina y comedida que sueña con casarse (porque le han dicho que ése debe ser su sueño) es terriblemente real y ella sí que me llegó al fondo del alma. Porque la veo todos los días a mi alrededor. La que va a la universidad no para ser una profesional, sino para conseguir novio. La que consigue novio y se embaraza para obligarlo a casarse. La que se casa de blanco con una fiesta lujosa y recuerda ese día como el más feliz de su vida, incluso si su matrimonio fracasa durante la Luna de Miel. La que tiene hijos porque es lo que se espera de ella. La que deja el trabajo para su hombre la mantenga (y cuando la abandone años después la deje en la calle y tenga que conseguirse otro hombre y otro y otro). La que sigue trabajando porque no fue capaz de conseguir por marido sino a un bueno para nada que no es capaz de mantenerla. La que pasa su vida cuidando hijos para luego vivir alrededor de sus nietos. En fin, clichés con patas, pero son reales.

¿Y yo? Yo me alegro de ser diferente. De no ser machista. De no ser feminista. De vivir bajo el signo de la igualdad, y ser feliz con ello. De haber hecho con mi puta vida lo que me ha dado la gana, y muchos años después no haberme arrepentido de nada. De ser capaz de ser feliz junto a mi hombre. Y de no necesitarlo. De haber sido madre por elección, cuando ya todo el mundo se había cansado de tratar de convencerme. De haber vivido como un ser humano, y más aún, como una mujer, sin querer parecerme al hombre ni tampoco vivir obsesionada con diferenciarme de él. Yo. Un individuo que es capaz de tener pensamientos y actitudes típicamente masculinos (cosa que, parece mentira, pero a los hombres les encanta) y a la vez emociones puramente femeninas. Un individuo integral. Eso es lo que soy. ¿Será por eso que el libro de Joanna Russ no me dijo nada? No lo sé. Un tiempo después leí Opus Dos, de la misma autora, y me pareció mortalmente aburrido. Tal vez no es culpa del tema, sino de la creadora.

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