Un libro que te haya asustado
"Lo primero que oí vagamente fue el amortiguado crujir de la tarima del rellano junto a mi puerta, y alguien que manipulaba desmañadamente y con sigilo en el picaporte. Empero, elruido cesó casi al instante, así que en realidad mis primeras impresiones fueron unas voces en el estudio situado debajo de mi cuarto. Los que hablaban eran varios, y me pareció que estaban enzarzados en una discusión. Unos segundos después estaba despierto del todo, ya que la naturaleza de aquellas voces era tal que resultaba absurda toda idea de volver a conciliar el sueño. El tono de las voces era de lo más variopinto, y nadie que hubiera escuchado aquella endiablada grabación fonográfica podía albergar la menor duda acerca de al menos dos de ellas. Por muy horrible que fuese la idea, comprendí que me encontraba bajo el mismo techo que unos desconocidos seres procedentes de los espacios abismales, pues aquellas dos voces eran, sin ningún género de duda, los diabólicos susurros que utilizan los Seres Exteriores cuando se comunican con los hombres. Las dos voces eran completamente distintas —diferían en timbre, acento e intensidad— pero ambas se caracterizaban por el mismo tono estremecedor. La tercera voz era, sin duda, la de una de aquellas máquinas parlantes conectadas a uno de los cerebros envasados en los cilindros. Tan convencido estaba de ello como de los susurros pues la voz recia, metálica y apagada que había oído la tarde anterior, con sus chirridos y traqueteo sin inflexiones ni matiz alguno, y aquella precisión y ponderación impersonales, resultaban de todo punto inolvidables. En un primer momento no me detuve a preguntarme si la inteligencia que había detrás de aquel chirrido era idéntica ala que me había hablado a mí; pero no tardé en reflexionar que cualquier cerebro podría emitir sonidos vocales parecidos a aquellos si se lo conectaba al mismo aparato emisor de palabras, con las únicas diferencias del idioma, ritmo, velocidad y forma de pronunciación. Completando aquel espectral coloquio podían oírse dos voces humanas: una el habla tosca de un desconocido que tenía todas las trazas de un campesino, y la otra tenía el suave acento bostoniano del que fuera mi guía Noyes."
--H. P. Lovecraft, en "El que susurra en la oscuridad"
Desde niña fui consumidora del género de horror. Al principio, películas. Las veía todas. Todas las que repetían una y otra vez por televisión, por supuesto, y censuradas para horario familiar. Sólo recuerdo haberme perdido de una, "Poltergeist", porque a mi papá se le antojó que ésa, precisamente ésa, no era una película adecuada para una niña como yo. Por cierto, todavía no la he visto.
Ya de grande, cuando pude comprarme libros sin supervisión, me inicié en los libros de terror con "Carrie" de Stephen King. Luego antologías de autores variados. Y mucho más King. Después de "Carrie", mi libro predilecto del género ha sido siempre "It". Pero asustarme, lo que se dice asustarme... ninguno.
Creo que merece la pena contar qué clase de cosas me asustan. Algo me pasa con las ventanas. Si leía los libros que a mi mamá le encantaban y que versaban sobre historias supuestamente auténticas de extraterrestres, me asustaba que en cualquier momento pudiera ver a un hombrecito verde o gris de ojos enormes mirándome a través de la ventana. Si veía una película de fantasmas, como me pasó con "The grudge" hace muy poco tiempo", en la que aparecían fantasmas en los reflejos de las ventanas... entonces me asustaba ver un fantasma en ellas. De alguna manera las ventanas siempre han sido fuente de cierta aprensión para mí, sobre todo por la noche. Ignoro la razón.
También vale la pena contar un par de eventos que me sucedieron en esa casa. Ya he mencionado antes que yo viví mudándome, casi cada año, durante toda mi infancia, mi adolescencia y parte de mi adultez. En esa casa en particular, estaba yo una tarde tranquila leyendo en el patio, sentada en un sofá que daba la espalda al jardín y el frente a un televisor que en ese momento estaba apagado. Y lo vi: la figura de un hombre delgado, de cabello liso, caminando detrás de mí, su reflejo trasladándose en silencio de un extremo al otro de la pantalla del televisor. Lo vi. Puede que no haya estado allí, pero mis ojos (o tal vez mi cerebro) lo vieron. No hizo el menor ruido, porque no había nadie que pisara la grama tras de mí. Eso me asustó. Primero porque pensé que había entrado un ladrón a la casa, luego cuando me di cuenta de que no había nadie. Un tiempo después, mi novio de aquella época, que estaba metido en ciertos asuntos esotéricos (era aprendiz de un charlatán y todo) y acababa de leer (y hacerme leer) los libros de Carlos Castaneda (los míos aún los tengo, aunque misteriosamente me han desaparecido dos), me dijo que estaba viendo, en el mismo jardín, la imagen de un ser inorgánico, y que parecía un óvalo de color azul. Yo, por supuesto, no veía nada. Pero el amor es ciego y es bastante estúpido también, y yo le creí. Ese día también me asusté un poco.
Lo tercero que tengo que contar es que el libro cayó en mis manos por casualidad. Yo no sabía lo que escribía H. P. Lovecraft, sólo me sonaba vagamente el nombre. Estaba en una librería de usados y el libro estaba barato. Lo compré y me lo llevé a casa. No tenía idea de lo que contenía, sólo sabía que el libro se titulaba "El color que cayó del cielo" y que contenía cuatro cuentos.
Cuando me dispuse a leerlo estaba en la misma casa del inorgánico y del fantasma. Mis padres se habían ido a dormir, así que la casa parecía vacía. Llovía y había tormenta eléctrica. No me fui a leer a mi cuarto, sino que me quedé en la sala, rodeada de ventanas por un lado y de una pared acristalada que daba al jardín. Y comencé a leer uno de los cuentos: "El que susurra en la oscuridad". Cuando me di cuenta de que era de terror no me afectó, ya que jamás antes me había asustado un libro. Pero habrá sido la combinación de soledad, ventanas, noche tormentosa y la maestría del propio Lovecraft, la cosa es que ese libro me asustó. Nunca me ha vuelto a asustar un cuento de él, ni siquiera los que están en ese libro, porque cuando lo leí se dieron una serie de situaciones muy particulares. No solté el libro hasta terminarlo, y sospecho que al hacerlo me habrá dado culillo moverme para ir a mi cuarto (no recuerdo, la verdad). Y a partir de ese momento me volví devota de Howie.

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