Un libro que puede salvar vidas
"También llamada toxemia, la preeclampsia es una forma de hipertensión relacionada con el embarazo. Se caracteriza por la hinchazón, la presión sanguínea elevada y la proteína en la orina. (...) Las mujeres que tienen mayor riesgo son las que cargan fetos múltiples, las mujeres mayores de 40 años, las diabéticas y las mujeres que ya tienen presión arterial alta. Es más probable que la enfermedad se presente en el primer embarazo. Nadie conoce sus causas, pero parece que se trata de algo genético. (...) Además se piensa que la preeclampsia es una respuesta inmune a un intruso: el bebé; eso significa que el cuerpo de la madre es alérgico al bebé y a la placenta. (...) La enfermedad puede progresar muy deprisa hasta un estado grave. (...) La preeclampsia grave que no es tratada puede progresar muy rápidamente hasta una eclampsia u otras condiciones graves. (...) La eclampsia ocurre cuando la preeclampsia progresa e involucra al sistema nervioso central provocando convulsiones y a veces provocando coma. La eclampsia es una enfermedad muy seria pero muy poco común; si se deja sin tratamiento puede ser fatal tanto para la madre como para el bebé."
--Heidi M. Murkoff, Arlene Eisenberg y Sandee H. Hathaway, en "Qué esperar cuando se está esperando"
Lo primero que me viene a la mente con esta consigna es un libro que te diga la frase justa en un momento de crisis. En ese sentido, cualquier libro es susceptible de salvar una vida. Sin embargo, no es mi caso. Muchas veces he identificado lo que siento con una frase de un libro que en ese momento estoy leyendo, y alguna de esas frases tal vez podrían ser "salvadoras". Mas sin embargo no puedo pensar en un libro que me haya salvado la vida, o que podría salvármela, o salvásela a alguien. Me resulta fácil imaginar que muchos libros de esos que te dicen cómo vivir puedan salvar vidas. Pero tampoco es mi caso. Así que... ¿qué libro recomiendo hoy? Pues mi elección va a sonar como algo que tal vez sea de relleno, pero resulta que no lo es, porque estoy convencida de que este libro de alguna manera salvó la vida de mi hijo y podría haber salvado la de un bebé que no llegó a nacer.
Para que se entienda por qué este libro, por convencional que pueda parecer, me toca muy de cerca, tengo que hablar un poco sobre mi embarazo y sobre los miedos racionales e irracionales que me embargaron durante nueve meses. Para empezar está el caso de un amigo de Carlos. Él y su esposa esperaron mucho para tener un hijo. Y por la misma razón que esperamos Carlos y yo: porque no tenían un mínimo de paz para poder pensar en ellos mismos, menos en un niño. Cuando al fin lo decidieron, no lograban concebir. Y cuando al fin ella salió embaraza, su cuerpo ya entrado en años no pudo aguantarlo. Tuvo un aborto temprano. Y lo intentaron una vez más y volvió a perderlo. Una situación muy dura. Al final decidieron adorptar y hoy son los felices padres de un niño de nueve años. Pero nunca voy a olvidar las palabras de él diciéndonos que no esperáramos, que nos podía pasar lo mismo que a ellos.
Bien, pues seguimos esperando, incluso hasta llegar al extremo de que creímos que jamás íbamos a poder siquiera intentarlo, que la paz no llegaría hasta que yo ya no fuera fisiológica ni espiritualmente capaz de ser madre. Cuando al fin llegó el momento, mi cuerpo no estaba en condiciones. Yo estaba enferma de estrés, mi salud estaba desbalanceada, vivía de infección en infección, y tuvieron que pasar dos años más hasta que mi cardiólogo y mi ginecólogo me dijeran: "Dale, ahora sí". Y entonces comenzamos a buscar. Pasaban los meses y yo no salía embarazada. Ahora sé que eso era por ansiedad, pero entonces yo me torturaba pensando que ya estaba muy vieja para salir en estado sin ayuda. Pensé que necesitaríamos asistencia en fertilidad. Y eso me causaba más estrés y menos salía yo en estado.
Pero no hizo falta la ayuda. Un buen día me embaracé (juro que lo supe desde el momento en que hicimos el amor). Tenía 37 años. Para el estado de la medicina actual, eso es ser joven todavía, pero automáticamente mi edad convertía mi embarazo en uno de alto riesgo. Y eso sin contar mi hipertensión y mi historia familiar en diabetes. Nada más empezando el embarazo tuve un principio de desprendimiento, y el médico me prohibió todo ejercicio, incluso ejercicios suaves, y poco después me prohibió subir escaleras (lo cual coincidió con la crisis eléctrica y en la oficina apagaron el ascensor, y en el edificio donde vivo además se dañó y cada día tenía que bajar y subir seis pisos a pie).
Comprenderán que yo viví nueve meses de terror. Cada día me levantaba con miedo de perderlo. Lo que pasa es que no hablaba de eso para no atraer a la Parca. Y por este mismo miedo, yo leía mucho. En Internet, en foros, en libros... Eso me ayudó a sentir que pisaba terreno firme, porque sabía que cualquiera de mis molestias era normal y no un principio de aborto. Así soportaba la espera entre visitas sucesivas al médico en las que veía a Tanis crecer y desarrollarse normalmente.
En las últimas semanas de embarazo se me hincharon los pies. Mucho. Pero yo sabía que eso era normal. También sabía que si no se me deshinchaban con una noche de reposo, podría ser un principio de preeclamsia, que es un descontrol de la tensión arterial que puede matar a madre e hijo en pocas horas. Y no se me deshincharon. Sabía que otro signo de la preeclamsia era la presencia de proteínas en la orina, y con eso en mente llamé de urgencia al médico. Por supuesto, me mandó a hacer un examen de orina. Yo, previendo eso, ya había tomado la muestra y Carlos fue a llevarla. Esa misma tarde me daban la buena noticia de que no había proteínas en la orina y que por tanto no había peligro para el bebé.
Ahora bien, si hubiera sido preeclamsia y yo hubiera creído que era una hinchazón normal debida al embarazo (como creía mi suegra), el resultado podría haber sido una tragedia. Yo supe que había una razón para preocuparme gracias a todo lo que había leído, pero por encima de todas mis lecturas, a este libro, que considero de cabecera para toda mujer en estado: "Qué esperar cuando se está esperando" de Heidi M. Murkoff, Arlene Eisenberg y Sandee H. Hathaway.
Tengo que contar una historia más. Alguien que yo conozco. Su esposa estaba en las última semana de embarazo. Algo pasó, el bebé dejó de moverse. Pasaron dos días sin que ella notara los movimientos del bebé. Y no llamó al médico. Cuando fue a verlo, el bebé había muerto. Que alguien me explique cómo es posible que una mujer no sepa que si el bebé deja de moverse hay que preocuparse. Pues resulta que sus familiares le dijeron que no se angustiara, que en los últimos días los bebés no se mueven. Mentira. Se mueven. Menos intensamente, pero se mueven. Y si uno no lo nota, debe tumbarse de lado en la cama después de tomar un vaso de leche: eso estimula al bebé. La falta de movimientos es un alerta muy, pero que muy importante, y yo todos los días los contaba dos veces, por la mañana y por la tarde. Si ella hubiera leído, se hubiera informado, y no hubiera confiado en una visita mensual al médico y en su juventud, ese niño habría nacido. Mi libro le hubiera salvado la vida.
(Por cierto, finalmente fui preeclámtica, pero gracias a que yo estaba consciente de eso, de que estaba informada y de que mi médico es el mejor del mundo, no pasó a mayores. Hubo un pequeño momento de pánico durante la cesárea, en el que la tensión se me disparó al cielo, pero afortunadamente me controlaron a tiempo y todo salió bien.)
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