Vivir en sociedad es surreal. Y si la sociedad de la que hablamos es un edificio hacinado, el surrealismo puede alcanzar proporciones interesantes. Si no me creen, lean novelas anticipatorias ambientadas en mundos superpoblados. Sirva como ejemplo la cantidad de extraños sonidos que pueden oírse a altas horas de la madrugada y cuya explicación puede ser mundana... si la conoces, pero muy extraña si dejas volar tu imaginación. Recuerdo una madrugada, mientras mecía a Tanis, en la que escuché a la gente del piso de arriba correr desesperadamente de un lado al otro del apartamento, luego el sonido inconfundible de un tobo de agua mientras era llenado en la batea del lavadero, y luego más carreras. Lo primero que pensé fue en un principio de incendio, pero no olía a quemado y además esa gente corría en el más puro silencio: sin gritos, ni llamadas, ni nada de nada. Otra madrugada, hace poco, escuché un sonido que parecía el de alguien aserrando una barra de metal. Amanecí esperando saber que habían robado algún apartamento, pero no fue así. A saber a quién se le ocurre aserrar algo de metal a las tres de la mañana. La gente es muy rara.
Anteanoche, tipo las ocho, empezamos a oler algo extraño. Habiendo recién comprado el árbol de Navidad, este olor opacó rápidamente el aroma a pino que inundaba la sala. Primero me pareció como si estuvieran quemando aceite. Pero olía tan mal que parecía aceite de motor. Luego dudé, y pensé que podría ser el sistema eléctrico. Pero en el fondo el olor era, aparte de muy desagradable, difícil de identificar. Como tenía funcionando la lavadora, la cual se me dañó hace poco y le metió mano un todero muy pirata, corrí a la cocina a ver si se me había fundido la máquina. No era eso. Tampoco estaba encendida la cocina. Pero sí nos dimos cuenta de que todo el lugar estaba lleno de humo. En ese momento, el gato empezó a maullar nervioso. Carlos cerró las ventanas de la cocina pensando que el olor podría venir de la cocina de abajo, y yo fui a abrir las del balcón, que están al otro lado del apartamento, para dejar salir el humo. Y al abrirlas me inundó un nubarrón de humo espeso que subía del apartamento de abajo. Un apartamento del cual habíamos visto salir a los dueños una hora antes, cuando llegábamos del trabajo. ¡Un incendio! Carlos se vistió, yo me puse los zapatos, cargamos a Tanis y bajamos corriendo las escaleras con el celular en la mano. Justo cuando iba a tocarles la puerta, ellos la abren. Tranquilitos. Sonrientes. "¿No les huele a quemado?", les pregunté, pensando que a lo mejor el incendio era un piso más abajo. La respuesta: "No, es una parrillita que estamos haciendo..." Y abren la puerta y me dejan ver su apartamento lleno de humo y la mujer sentada a la mesa poniéndose morada de carne. ¿A quién se le ocurre hacer una parrilla en un apartamento cerrado? Luego yo hago una queimada y capaz que llaman a la policía...

1 han opinado:
yo vivi algunos años de mi niñez en un edificio, pero nunca nos pasaron ese tipo de cosas, que recuerde. Quiza yi era el que hacia las cosas raras, nadaba en el aljibe de la azotea y tapaba tuberias co revistas para adultos, pero hacer una parrilla no
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