Medianoche. Comienza un karaoke a todo volumen en algún apartamento vecino. Mueren brutalmente asesinadas multitud de rancheras, boleros, merengues y reguetones. Luego de luchar contra las pesadillas de mi retoñito, me acuesto a dormir a las dos de la mañana. Y sueño.
Apocalipsis zombie. De la tierra asoman manos cadavéricas. Tras las manos, cuerpos completos. Muertos vivientes. No humanos muertos. Canciones muertas. Me persiguen, tratando de zamparse mi cerebro. Una me alcanza: la más grande, la más tenebrosa, la más maltratada de todas, una canción de Andrea Bocelli, mi favorita. Me atrapa y devora mi cerebro. Luego de eso empiezo a bailar reguetón.

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